Dolores De Huesos.
Dirijo mis pasos por la calle. Acabo de dejar el coche en un sitio imposible, y mi tobillo no deja de recordarme aquella tonta caída bajo una portería que carecía de sujección y que Paco, mi amigo de andanzas de entonces, se encargó de echar sobre mí sin querer, al asirse del palo. El pobre se pasó el resto del curso trayéndome los deberes a casa…
Con esta humedad, el dolorcillo cansino me está matando, por dentro y por fuera. Toledo siempre es Toledo, y la humedad invernal de las siete de la tarde atraviesa mis carnes en todos sus parámetros. Demasiados chaparrones, demasiado barro, sol, y demasiadas valentías teñidas de ignorancia. Todo pasa factura. Ahora pago,(cuando puedo), y soy moroso de por vida.
La calle ve va perdonando su pendiente, y con la garganta seca y un “sacis” que no ayuda nada, me presento ante una vieja puerta, deshecha por la humedad en su parte baja, y coronada por un blasón de piedra, erosionado, testigo de una extinguida nobleza anónima. La puerta está entreabierta, y una cara amable tras un ordenador me pregunta:
-¿qué desea usted?.- Preguntó una joven, unos veinte esplendorosos años, y un futuro lleno de expectativas y vivencias por descubrir. A mi edad, la belleza real se traduce en la pura y blanca energía vital de los jóvenes. La admiré en un segundo infinito.
-Errhh….-(Desperté del sueño)- Vengo por lo del trabajo, señorita…
-Muy bién, ¿trae usted su currículo?, señor…..
-José Lorente, José Lorente….-Repetí nervioso, al tiempo que extendía mi vida laboral con un rápido movimiento de brazo que denotaba la enésima vez del movimiento que durante este largo año me puso delante de muchas oficinas , sin fortuna.
-Muy bien, caballero, aquí dice que trabajó usted en la construcción, que fue camionero, pero, ¿ésto qué significa?- Apuntó con su fino dedo hacia una línea que jamás consideré importante, pero que mi amigo Fernando siempre insistió en que figurara en mi historial. Yo insistía en olvidarlo, pero me dejé llevar, y lo incluyó en nuestro último encuentro, tras el cual impecablemente quedó redactado:
-“TRABAJOS DE RECONSTRUCCIÓN Y DESESCOMBRO, LIMPIEZA DE HUESOS, EXUMACIÓN DE OSARIOS Y DOCUMENTACIÓNES DE LA IGLESIA PARROQUIAL DE SAN ANDRÉS DEL MONTE, OCUPACIÓN CAPATAZ.”
-Posiblemente sea usted la persona que buscamos, señor. – Señaló la joven.- El trabajo, como sabe, consiste en la construcción de un mausoleo, aprovechando sus conocimientos, y el mantenimiento de la casa, ya que sus propietarios viven en Suiza. La casa está a dos calles de aquí, al lado de la plaza de San Agustín.
-¿cómo, no es para el ayuntamiento?-
-No, señor. Será un monumento propiedad de la familia para la que trabajo. No se preocupe. El caso es que mi jefe lo quiere bajo el patio de su casa, para dar sepultura a unos cadáveres que encontró, al pretender arreglar él mismo unos desagües. No se preocupe, según el forense y las pruebas de ADN, son 5 familiares del dueño, pero datan de unos 300 años, y dada la masificación del cementerio municipal, decidió darles sepultura aquí, de una manera mas honrosa. Todo sigue como lo encontró allí. Los restos descansan en una única caja cerrada con un pestillo, en la cocina del servicio, tapados por una tela. Visto su currículo sabemos que obrará con el respeto y la profesionalidad debidos. No hará falta abrirla. Simplemente, entiérrela tal cual y prepare un monumento sencillo, pero bonito.
-“Bueno está”- Pensé. -¿Cuándo empiezo?
-Si quiere, esta misma noche…
-Señorita, me queda poco, pero, ¿me toma el pelo? He de volver a Villafranca, y mañana será otro día…
-Lo toma o lo deja, señor.- De pronto, su semblante se tornó serio y frío- Tiene usted una edad, y no creo que le interese desdeñar 1500 euros al mes…
Demasiadas deudas acumuladas, demasiados años, y mis huesos dando guerra. No tuve más remedio que aceptar. Llamé a mis hijos, y les expliqué. A regañadientes, consintieron con la condición de llevarme a primera hora, algo de ropa, y en la furgoneta alguna herramienta para lo que habría de hacer.
-Déjeme las llaves……….-
Dejé la oficina, y tras de mí se oyó el deslizarse del cerrojo FAC. Por un momento me dio la impresión de que aquella joven esperaba únicamente mi visita, pero después de tantas vueltas ,tantos desengaños y tantas entrevistas, al fin, me dí por satisfecho,!un trabajo bien pagado a los 55!!
La casa tenía poca fachada, estrechos balcones, cerradas contraventanas, portón pesado y viejo, e instalación eléctrica de cables roídos y conmutadores de luz que un día fueron blancos. Tras pasar un estrecho corredor, se abría un grandioso patio con soportales de madera, viejos artesonados y una hiedra que se hizo dueña de una inmensa pared de piedra, altísima. Todo impensable desde fuera. La única bombilla útil, de las tres que poseía el corredor y el patio, fluctuaba, e indicaba su inminente fin. Habría que cambiarla…
Pronto encontré una habitación, semi vacía, dos lámparas de pié tumbadas, una cómoda y una cama en el centro, sin cabecero, en la cual me derrumbé bajo el escaso calor de mi abrigo, echado a modo de capote…
No me costó coger el sueño.
El día era soleado. Un viento seco se apoderaba de las hojas del patio, y me dispongo a acondicionar el socavón que quedó a un lado , y que quedó tal cual cuando aparecieron los restos. Jorge, mi hijo, me trajo ropa y algo de comida, perplejo y enfadado a la vez por la premura impuesta de la situación. En fin, un montón de preguntas, un encogimiento de hombros, y una necesidad de dinero acompañada de sendos suspiros:
-Hasta luego, papá. Hoy voy de cabeza… Con el tráfico y los radares…pfffff.!!!
-Tira, tira, pero ten cuidado, anda….
Tras un portazo. Me enfrenté con mi faena. Con un viejo azadón fui limpiando y recuadrando el hueco, pegado a la pared medianera del patio, hasta que supuse que cabría perfectamente la pesada caja, más por lo recio de la madera que por lo que contendría. Ay,…. En lo que nos quedamos……
Sin embargo, en la primera prueba, la fosa me quedó corta, y tuve que apoyarme en la pared para volver a sacarlo. Los huesos se oían de un lado a otro. El problema era es que la caja había que ajustarla en una fosa entre dos pilares de los soportales y la pared medianera. Me quedaba una cuarta a la pared por recuadrar, y cabría justa. La tierra mezclada con escombro añejo salía con cierta dificultad, pero pronto me encontré una siniestra sorpresa. Siniestra porque eran los huesos de un brazo izquierdo, y un tremendo sello anquilosado pendía con holgura del dedo índice. Lo guardé sin otro afán de que no se perdiera, y me centré en el hallazgo. El resto el cuerpo se introducía bajo el muro medianero, y decidí invadir la propiedad vecinal por debajo para poder rescatar el viejo esqueleto. ¡Parecía una mujer!, los huesos, la ropa, ese sello, un collar en sus vértebras… Todo debajo del caserón vecino. Me apresuré, y metiéndome en un semitúnel de dos metros de longitud bajo otros 2 sobre mi, me encontré cara a cara con la desdichada calavera. Me temblaba todo por el hallazgo, pero pude comprender que allá abajo se les olvidó un familiar. Con cuidado extraje sus huesos, los metí entre unos viejos visillos que arranqué de una habitación, y me dispuse a abrir la caja para introducirlos con los otros huesos.
Cinco calaveras, una de ellas mayor que las demás, completaban con tibias y pequeños huesos grises el túmulo. Con cuidado, introduje los restos encontrados de la dama con los demás. La señorita de la oficina no me cogía el teléfono, tras insistir una y otra vez. Instintivamente, saqué una foto con el móvil del hallazgo, para que tuviera conocimiento del mismo. Quizá me precipité. Los volví a enterrar en su lugar, ya todos juntos, y pensé en prepararles un sencillo mausoleo una vez hecho acopio del material necesario.
Pensando en estas cosas un enorme estruendo me sacó de mis perplejidades. Por encima de la tapia medianera una enorme Komatsu giratoria devoraba todo cuanto había tras la tapia con su gran cazo de acero.. Al cabo de unas horas, donde hubo una vieja corrala contigua a la mansión, quedaba un tremendo socavón de 5 metros de desnivel.
Las preguntas sin respuesta, y las respuestas huérfanas de pregunta se agolpaban en mi mente, al tiempo que corría calle abajo en busca de mi nueva “jefa” de la oficinita. Con los tobillos en las ingles me planté delante de la puerta del blasón de piedra de la noche anterior, pero lo único que encontré fue una tienda de souvenirs. Un sudor frío me recorrió hasta las uñas de los pies, y volví como pude jadeando a la casa que alguien me encomendó y cuya llave conservaba todavía. Los obreros se habían ido del solar vecino, y el polvo reinante se iba amansando en la calle poco a poco. Abrí tembloroso, y en un polvoriento recibidor encontré tres cosas: Un collar, un sello de oro macizoy una nota, que en perfecta caligrafía, adivinabase de mujer,decía:”Sr. Lorente, estamos muy contentos con usted. En pago por nuestra necesaria premura, le rogamos acepte estos dos objetos, que al cambio le pagarán con creces sus servicios El trabajo es suyo. Será un honor tenerle a usted como encargado de nuestro patrimonio. Si lo desea vuelva ud mañana. Muchas gracias.
”El azadón estaba sobre la sepultura. Yo lo dejé así, y así estaba. Volví, y aquí sigo.
Ya no me duelen los huesos…

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